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COMO CADA MARTES, UN CAFÉ EN EL LOZANO

Como cada martes él estaba allí. Él tan puntual. Como siempre, llegaba a las 5, abría la puerta con la mano izquierda, sujetando con la otra, sus 3 libros, entre ellos el de aforismos.
Se sentaba en la mesa más alejada de la puerta, la más cercana a la ventana. Le gustaba observar, observar esos pequeños detalles de las personas e imaginarse sus vidas tras del nítido cristal. Yo no era más que su amiga en la piel de una camarera.
Y como cada martes, la misma aparente rutina:

  • Buenas tardes Marcelo – dije en tono suave y dejando escapar una sonrisa.
  • Oh Patricia, buenas tardes, qué gusto verte cada martes.
  • ¿Lo de siempre?
  • Ehhh...sí, digo...no. Esta vez prefiero un café con leche, cortado.
Le llevé su cortado y me senté a su lado al ver que los clientes estaban todos servidos. Le observaba, como me había enseñando, sin enseñarme. De repente me miró:

  • Un oso camina 10 Km. hacia el sur, 10 hacia el este y 10 hacia el norte, volviendo al punto del que partió . ¿De que color es el oso? - lo dijo más para sí mismo que para mí.
  • Llevo dos días intentando resolver este acertijo pero estoy en blanco. Un oso camina 10 Km. hacia el sur, 10 hacia el este y 10 hacia el norte.... ¿De qué color es el oso? - repitió.
  • Que yo sepa esas circunstancias solo se dan en el Polo Norte, por lo que...
  • Patricia...¡ Eres un genio!...¡El oso es blanco, claro que sí! Era tan fácil, que me hacía verlo más complicado de lo que es.
  • Tal vez de eso se trate... de no complicar lo sencillo, de saber si quieres un cortado o un expreso y no dudar tanto, porque eso, amigo mío, es un arte.
Como cada martes, él tan puntual, abandonaba el lugar a las seis y media justas. Colocaba la silla en su respectivo lugar, cogía sus libros y salía, mirando a la derecha de aquel edificio con fachada de madera: El Lozano.

(NOTA DEL EDITOR: Bar Lozano, foto actual)
  • Hasta la próxima – le dije
  • Adiós y ya sabes: No hagas hoy lo que...
  • ...puedas dejar de hacer también mañana. Concluí yo. Como siempre.

Como cada martes, a las seis y media mi cara esbozaba una leve sonrisa, casi imperceptible entre el asfixiante humo de aquella maldita cafetería. En 1976 sigue sin existir ninguna ley que prohíba fumar en lugares cerrados. ¿Cuántos martes hay que esperar para que cambien de una vez esa absurda ley en un país que sueña con la tolerancia, los derechos y la democracia?

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