Al asesino de mi padre: He empezado varias veces esta carta. He desechado varios adjetivos. Llamarle con el término “querido” sería ir en contra de mi propio dolor. Ese mismo que me sigue atenazando el pecho y hace temblar mi muñeca al escribirle estas palabras. Pero supongo que es lo único que le debo a mi padre: el último testimonio. Puede que nunca haya oído hablar de mí.. Pero no es de extrañar, y aunque lo pueda parecer, no me siento ofendida. Papá nunca nombraba las cosas que le importaban. Definir es limitar. Y los sentimientos no están hechos para tener fronteras. Ni aunque sean de tipo simbólico. Aunque yo me permitiré la pequeña licencia de reducir todo lo posible mis palabras. Que el sabor amargo no se prolongue demasiado en el paladar. Papá se metió en más de un lio por defenderme de todos los que dijeron que yo no era su hija y que estaba cebando a un parásito que se alimentaba de sus recursos y de su dinero sin ni siquiera calentarle la cama. Ni é...