La última vez que fui a una corrida de toros fue a finales de 1955. Esta corrida tuvo bastante fama, no sólo por los toreros Antonio Bienvenida, Pablo Lozano y Fermín Murillo, sino por lo sucedido aquella tarde. A todos las personas presentes les llamó mucho la atención como un hombre, no muy mayor, acompañado con un niño de unos diez años, sufrió un ataque al corazón y murió sin que nadie se ofreciera a ayudarle. Inmediatamente, mi padre me alejó de aquella escena, pero aquella imagen nunca se me olvidó, porque nuestras miradas se cruzaron por un instante y me pareció que querían decirme algo. Desde entonces, me pasé varias noches pensando en aquel niño, no mucho más mayor que yo. Al día siguiente apareció en el madrileño ABC: "Apoteosis de Bienvenida. Luto en las gradas”. En esa misma página, aparecía una pequeña imagen de la última corrida y a su vez aparecía la cara del niño junto a su padre ya muerto. Serio, pero sin derramar ninguna lágrima. Aquel incidente me impactó ta...