Cuando llega mi hora de descansar, me tiendo sobre la cama y cierro los ojos. Imagino todo aquello que me hace feliz e imagino mi mundo ideal. Sé que es una tontería, pero a mí me causa paz y sosiego; me olvido de todo el mal que me rodea y me centro en mi mente, en mi felicidad. Vivo mi sueño. Lo que es raro es que esto me lo enseñara un mocoso. Todo ocurrió una noche de frío invierno, en Madrid, en 1955, caminando por callejones oscuros de vuelta a casa, sin querer regresar a mi hogar. “Mi hogar. Mi pesadilla”- me decía a mi misma entre lágrimas culpables y silencio. En fin, en una de las puertas vecinas encontré a un niño solo y me pidió ayuda muy cortésmente. Habían pasado más personas, pero no quiso abordar a nadie, porque nadie le dio confianza. A mí me eligió porque, según me dijo, las personas que lloran no pueden ser malas. De camino hacia la comisaría le pregunté que cómo había llegado hasta estas calles si, según él, no vivía por allí cerca. El pequeño contest...