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TELEGRAMAS QUE CUENTAN HISTORIAS

Nota del editor: Aunque no aparece una fecha exacta, falta saber el año o los años del envío, os dejo con una serie de telegramas que hemos encontrado. Creo haberlos ordenado correctamente.










Obviamente, tenemos los originales en nuestro poder.

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MI VERGÜENZA, VUESTRO ORGULLO

Lo reconozco, nunca me ha gustado perder. Y amo a España. La selección es mi vida. Por eso, cuando Holanda ganó 5-0, el liderato del grupo estaba casi garantizado y España, salvo milagro, eliminada definitivamente. Pero los milagros no vienen solos. Hay que provocarlos. Como me dijo una vez mi amigo Marcelo: "Para el realista no es la fe lo que nace del milagro, sino el milagro el que nace de la fe". Y aquí aparece otro de los componentes de mi historia: mi amigo Marcelo, es científico, le pedí ayuda para la misión que me propuse a mí mismo, la que tenía que llevar a cabo. La palabra derrota no entra en mi vocabulario. Conociendo su bondad, nunca me habría ayudado en semejante disparate, pero en nombre de la amistad, lo hizo. Comenzó el partido, todo iba a peor, la primera parte terminó ganando Malta. En el descanso, en los vestuarios, ahí comenzó mi papel en el partido, introduje un derivado del opio, que me proporcionó mi amigo, en unos limones. Empezaron a sentirs...

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Aquellas fueron sus últimas palabras. Nunca supe más de él. Ni siquiera si encontró su nombre. Ni siquiera si se ahogó en él. Lo último que me dejó fueron unos libros, los que consideró que me salvarían la vida. Las palabras. Y el sabor de la pena en los labios. Decir adiós no es fácil. Para un niño, como lo era yo entonces, una prueba demasiado dura para superarla. Las despedidas siempre duelen. Más de aquella forma. Pero no podía engañarme. Marcelo nunca hacía las cosas como solían hacerse, ni siquiera enamorar a las personas. Cuando lo conocí tenía quince años. Marcelo había contactado con mi madre a través de un conocido para que ella le enseñara francés. Empezó a frecuentar mi casa y yo lo observaba desde la otra punta del salón como una presencia extraña, dándole solo la importancia que un desconocido que aporta dinero al hogar se merece. No sabría decir el momento en el que se empezó a acercarse a mí. Quizás cuando mi madre preparaba el café o tenía que salir a un recad...